sharon fridman 

Espirales hipnóticas

Regresa All Ways, ésta vez a los Teatros del Canal de Madrid. Con este trabajo el creador israelí asegura cerrar un ciclo de investigación centrado en llevar la técnica contact a su propio discurso para generar reflexiones sobre nuestro entorno social

Confiesa Sharon Fridman (Hadera, Israel, 1980) que All Ways (2016), su más reciente producción que llega esta temporada con las localidades totalmente agotadas a los Teatros del Canal de Madrid, supone el cierre y la culminación de un largo período de búsqueda e investigación. “Con All Ways siento que cierro un círculo”, dice convencido el creador en su casa de Madrid, donde nos atiende. “Ha sido un proceso en el que he ido construyendo un razonamiento que se centraba en la composición coreográfica. Al menos dos caras [2011], ¿Hasta dónde? [2012] y Caída libre [2014, premio Max 2015] son pasos con los que he ido avanzando en estos diez años de creación hasta llegar a All Ways, que supone un punto de culminación y me empuja ahora hacia nuevos paisajes. Entiendo esta década de trabajo como la de creación de capas que van en el mismo sentido, un cuerpo construido por más cuerpos que podrían ser el conjunto de la sociedad, en un intento por generar puentes entre la danza y la vida. El avance no es hacia adelante, es hacia dentro”.

Desde muy niño en su Israel natal, Fridman tuvo siempre clara su vocación. Le fascinaba bailar y pronto comprendió que no habría otra cosa que pudiera llenar su vida. Del folclore israelí a la danza contemporánea y el ballet clásico que estudió en el Conservatorio Ein Shemer. En 1999 se produjo su debut profesional en la Ido Tadmor Dance Company. Más tarde, experiencias enriquecedoras en Kibbutz Contemporary Dance y, muy especialmente, en la veterana agrupación Vertigo. “Son mis padres espirituales”, asegura conmovido de Noa Wertheim y Adi Sha'al que dirigen esta formación de cuidada estética que funciona dentro de un kibbutz y para la cual montó su creación Stable (2015). También formó parte del equipo Mayumaná, conocida agrupación de percusiones de Israel. Pero cuando se radicó en Madrid empezó a crecer en él una inquietud por la creación que hoy, a más de diez años y varias creaciones estrenadas, aparece convertida en necesidad.

“Yo con mis propuestas intento dar respuesta a una necesidad que empezó en mí y he querido compartir. Es una motivación muy personal pero como espectador de mis obras emprendes un viaje en el que yo te llevo a mi mundo. La gente seguramente percibe lo que yo quiero y agrega lo que ellos ven, así que el sentido de la obra cobra sentido en la persona que lo ve. Puede que yo hable de guerra y la gente vea amor. Y es válido, porque la gente tiende a ver los paisajes que quiere ver, los que están relacionados con ellos mismos y sus propias experiencias”.

Ese viaje del que habla se materializa ante el espectador en espirales hipnóticas, un loop de cascadas indetenibles, un motor de movimientos en cadena, donde los bailarines con frecuencia parecen desfallecer solo para coger un nuevo impulso. En apariencia abstractas, sus obras van llevando al que mira -y admira la obsesivamente cuidada puesta en escena- por laberintos que no son callejones sin salida sino rutas intrincadas que, en alianza con la propia experiencia del espectador, pueden hacerle conectar con asuntos tremendamente humanos como es la fuerza del colectivo frente al individuo, un tópico recurrente en su obra que abre debates sobre la sociedad que hemos construido, las reglas que nos hemos autoimpuesto y la incompatibilidad con la libertad que eso supone. “Como artista me interesa reflejar el orden social pero no aludiéndolo de una manera directa. El proyecto Rizoma [2012], por ejemplo, nació de mis propias inquietudes sobre el movimiento del 15M. All Ways, en cambio, es una mirada muy macro a la sociedad. Tiene cinco paisajes coreográficos y cada uno trata un estado vital del individuo frente a la sociedad. Formar parte del todo es el primero de ellos y avanza hacia cómo te puedes plantear convivir con todo eso y las decisiones que puedes tomar”.

Contact

Se confiesa exigente Sharon Fridman. Admite que puede ser obsesivo y comparte la idea de que una coreografía es un organismo vivo que nunca cierra del todo su proceso. “Soy muy crítico y nunca estoy contento, nada me convence y necesito tenerlo todo claro. Cambio mucho y es que siento que mi material está vivo pero eso implica que cada vez que represento una obra sea como un estreno y parece que nunca la acabo”.

Toda su arquitectura de movimiento se erige desde un dominio admirable de la técnica del contact pero no como un fin en sí mismo sino como un eficaz vehículo para articular una dramaturgia siempre sugerente que se desliza arropada por una puesta en escena usualmente deslumbrante. De allí que su trabajo requiera bailarines técnicos y competentes que aparecen vestidos de manera intemporal. Largas túnicas que nos remiten a tiempos y lugares ancestrales predominan en All Ways. “Mi danza está muy basada en acciones como correr, caminar o, especialmente, caer. Las coreografías se construyen sobre el movimiento natural de los cuerpos y en este sentido, no trabajo en los términos de las convenciones de la danza. Quiero cuerpos en libertad pero hay mucha exigencia porque me gusta la perfección. Pido a mis bailarines absoluta conciencia corporal. Te caes pero desde la técnica, porque el contact es la base de todo. Luego también me gusta lo salvaje e indómito. El proceso con Arthur Bernard, con quien bailé el dueto ¿Hasta dónde? es buen ejemplo. No había manera de controlarlo y me propuse dominarlo, que tuviese conciencia de su cuerpo. No es fácil, son procesos largos y suponen un gran esfuerzo físico. Es por ello que necesito bailarines muy fuertes y resistentes”.

Aunque va en la misma dirección estética y conceptual, hay un sendero que se abre en su trayectoria hacia un tipo de trabajo participativo, en el que convoca a ciudadanos, bailarines o no, a participar en experiencias escénicas insólitas. Puede ser desde el escenario como la versión colectiva de Caída libre, en la que a sus siete bailarines habituales suma 22 cuerpos nuevos o trabajos más específicos como Nido (2016) o el citado Rizoma, proyecto para espacios abiertos no convencionales, que ha llegado a tener versiones de hasta cien personas que crean una red humana de inspiración ecológica que baila bajo la luz natural del atardecer o el amanecer. “Es otra faceta distinta a trabajar con los bailarines. Me gusta la relación que se genera entre ciudadanos que terminan transformados por la experiencia de la danza. Consigues la transformación a través de la composición coreográfica pero cada una de esas personas genera nuevos sentidos, genera incluso comunidades. Hay gente que participó en la experiencia y por su cuenta se ha organizado y ha seguido generando sus propios procesos creativos. Hasta hoy los participantes de Rizoma en Colombia han seguido reuniéndose. Encontraron algo nuevo y una vez que lo tenían se preguntaron qué podían hacer con ello y han seguido su camino de investigación. Me gusta esa idea de que mi trabajo deje un eco”.

Presión

Fridman mira hacia atrás y reconoce el progreso ascendente. “Siento la evolución día a día, y no es un titular, cada vez aprendo un poquito más de cada una de las etapas que todo esto implica”, dice refiriéndose especialmente al obligado rol de gestor que implica ser artista en España, y que no lleva del todo bien. No obstante mira al frente, hacia al futuro y ve incertidumbre. “Siento una presión enorme, más grande que yo, con muchas responsabilidades, cuando lo que yo quiero hacer es dedicarme a crear, es donde me siento bien. La presión económica es dura, mantener una compañía en las condiciones que hay es misión imposible. Una compañía supone una responsabilidad y la garantía de una continuidad, también es la que te permite el desarrollo de un lenguaje, lo que supone a su vez un proceso que requiere tiempo. Hoy miro el paisaje en España y veo gente que lucha por sus proyectos pero no veo la identidad artística de las compañías. Aquí no hay ayudas para trabajar eso, para investigar, porque se da por sentado que no existe esa necesidad y las instituciones no lo creen necesario”.

Pese a ello, y atendiendo a su naturaleza de artista, hay sueños, planes y proyectos. Caída libre irá este verano al Jacob’s Pillow, el más antiguo festival de danza de Estados Unidos, volverá a Israel con All Ways. Actuará en Italia, Holanda y Alemania, y emprende una nueva creación para Kukai, colectivo vasco que pide a los creadores que convoca implicación con el lenguaje de las danzas tradicionales de la región, lo que supone todo un reto, pero no cree que antes de un año pueda estrenar una nueva producción con su gente. En cualquier caso, este nuevo trabajo supondrá un giro. “En todos estos años la atención estuvo centrada en la danza y la composición, en los cuerpos, ahora tengo necesidad de explorar el espacio en los que viven esos cuerpos”, adelanta.

All Ways. Sharon Fridman. Teatros del Canal (Madrid). 25 y 26 de enero. www.teatrosdelcanal.com www.sharon-fridman.com

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