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25 Festival de La Habana

El acercamiento cubano a Estados Unidos se hizo notable en la celebración aniversario del célebre festival de ballet caribeño, caracterizado este año por la pluralidad y la adecuación de los nuevos tiempos. Entre las tantas leyendas que rodearon la vida de Fidel Castro, una singular lo vinculó con el ballet clásico.

Su interés por este arte escénico que -según se asegura- comenzó a forjarse desde los lejanos tiempos de la Sierra Maestra, lo llevó -ya en el desempeño del poder político- a apoyar esta actividad y a institucionalizar el Ballet Nacional de Cuba, compañía hoy de notable influencia en el mundo. En agosto pasado, la compañía celebró los 90 años de edad del ex presidente cubano con una gala realizada en el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, y un mes antes de su fallecimiento, el Ballet Nacional de Cuba realizó la edición 25 del Festival Internacional de Ballet de La Habana, uno de los de mayor tradición en la especialidad, llevado a cabo por primera vez en 1960, en los albores de la revolución.

El Festival de Ballet de La Habana convoca cada dos años a la diversidad del ballet mundial. Esta edición aniversario reunió a representantes de 21 compañías internacionales, entre ellas una nutrida delegación estadounidense, en la continuación de su creciente presencia dentro de la programación del evento, en la que destacó la compañía de Martha Graham, luego de 75 años de ausencia en Cuba, cuyo pensamiento y principios técnicos han sustentado en buena medida el reconocido movimiento de danza contemporánea de la isla, que se reveló ante los nuevos bailarines y audiencias con la contundencia de su legado histórico y las evidencias de su validez y permanencia.
El New York City Ballet estuvo representado por sus bailarines principales, el español Joaquín de Luz y Ashley Bouder, quienes vivieron un momento interpretativo elevado en la ejecución del paso a dos de Tarantella, de George Balanchine. También se vio en La Habana un conjunto organizado para la ocasión por Justin Peck, el coreógrafo que en la actualidad asume con personalidad los postulados del neoclásico de Balanchine. El carismático Brooklyn Mack, figura del Ballet de Washington y Viengsay Valdés, primera bailarina del Ballet Nacional de Cuba, interpretaron Diana y Acteón con arrojo extremo.

La compañía que dirige Alicia Alonso volvió a sorprender con los montajes sucesivos de los grandes títulos del repertorio académico en sus versiones integrales. Entre ellos, Don Quijote causó el revuelo necesario. Las parejas conformadas por los primeros bailarines cubanos Viengsay Valdés y Osiel Gouneo, este último estelar del Ballet de Munich; y la rusa María Kochetkova, bailarina principal del American Ballet Theatre de Nueva York y el Ballet de San Francisco, con el antillano Joel Carreño, primera figura del Ballet Nacional de Noruega, protagonizaron un auténtico duelo artístico en el que solo hubo ganadores. También El Lago de los cisnes, donde de nuevo Valdés, acompañada por Moisés Martín, bailarín principal de la Compañía Nacional de Danza española, evidenció sus contrastantes capacidades expresivas en la ejecución del dual rol protagónico; y Giselle, la obra emblema del ballet romántico de gran arraigo en el contexto cubano, interpretada por Anette Delgado y Dani Hernández, con ajustada emotividad y claro dominio estilístico. Cinco bailarines integrantes de los Grandes Ballets de Canadá, con sede en Montreal, abordaron en el festival los códigos expresivos de Ohad Naharim, el reconocido coreógrafo de Batsheva de Israel, en la reposición de su histórica Black Milk. Mientras que Michaela Deprince, la joven bailarina de Sierra Leona, integrante del Ballet Nacional de Holanda, dejó sentadas sus dotes técnicas e interpretativas en Las llamas de París, junto también al ascendente François Llorente, del Ballet Nacional de Cuba.

En La Habana, igualmente, se hicieron presentes atractivos bailarines asiáticos pertenecientes al Universal Ballet de Corea del Sur y el Ballet Nacional de Mongolia, al tiempo que Latinoamérica tuvo su representación en parejas y solistas del Ballet Nacional de Uruguay, bajo la dirección de Julio Bocca; el Ballet Nacional de Puerto Rico y el ensamble Buenos Aires Ballet, conformado por integrantes del Ballet del Teatro Colón y el Ballet de la Plata.

Dentro de las actividades colaterales ofrecidas, las exposiciones de artes visuales ocuparon un lugar preponderante, especialmente la muestra fotográfica Pierre-Elie Pibrac, sobre el Ballet de la Ópera de París, presentada en la Casa Víctor Hugo, ubicada en La Habana Vieja. Vale referir que Aurélie Dupond, actual directora de la compañía francesa, asistió al evento como invitada especial. Quien fuera etoile del ballet de la Ópera, tomó clases en el Ballet Nacional y conversó con los medios de comunicación, asegurando su disposición de regresar pronto a Cuba, esta vez como bailarina. Pluralidad y adecuación a los nuevos tiempos puede ser el balance 25 Festival de Ballet de La Habana que, en la Cuba del siglo XXI, mantiene su convocatoria y atractivo. www.balletcuba.cult.cu
Pie de foto Tarantella. Joaquín de Luz y Ashley Bouder, del New York City Ballet, en el famoso paso a dos de Balanchine.

Texto_CARLOS PAOLILLO Foto_NANCY REYES

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